miércoles, 6 de marzo de 2013


Cuando trabajaba en la pintura de la bóveda de la Capilla Sixtina, hacia 1510, escribió unos sonetos dirigidos a su amigo Giovanni da Pistoia. En el manuscrito aparece cayéndole pintura sobre el rostro y en el soneto, se compara con un «rico pavimento» y se describe a sí mismo como un «cadáver de pintura». Rogando a su amigo que lo redimiera: 

"Defiende tú ahora, mi muerta pintura y mi honor, pues ni éste se halla en buen lugar, ni soy yo pintor".



«De afanarme en este trabajo me he ganado un bocio como las paperas que les produce el agua a los gatos de Lombardía... Los lomos se me han hundido en la panza, hago del culo, para contrapeso, grupa, y, perdidos los ojos, doy pasos en falso. Por delante se me alarga la pelleja, y, al inclinarme hacia atrás, se me rejunta de tal modo que quedo tenso como arco sirio. Con ello, mis juicios resultan erróneos y extravagantes, pues mal se puede apuntar y disparar con cerbatana torcida. Defiende tú ahora, mi muerta pintura y mi honor, pues ni éste se halla en buen lugar, ni soy yo pintor.»