domingo, 14 de diciembre de 2008

Yo


El agua caía aliviando su angustia, permitiéndole mantener los ojos y los pulmones abiertos sin necesidad de esta tos continua.
No era un agua normal, no podía serlo. Dotaba a la piedra de palabra y a las manos de sabiduría y prodigio.
Frente a frente. La gigantesca piedra de mármol, muda para los demás mortales, habla al creador: “sácame de aquí”...

Mueve tus manos, acaríciame para distinguir el camino ha seguir, y libérame de esta cárcel de piedra. Clávame el escoplo, y permite que el mundo me admire, que yo mire orgulloso al mundo porque soy tuya.”

El maestro eleva el cincel por encima de su cabeza, lo apoya con la suavidad de la nieve sobre la pieza marmórea y lo golpea; una y otra vez, en una conversación mutua; curvas, rectas y aristas... de la que resultan las formas y el sentimiento.

El agua cae sobre ambos arrastrando una parte de cada uno. El polvo y el sudor resbalan juntos al suelo, se mezclan...

La unión, la alianza se establece para siempre.

“Tu mano me hará divino y mi belleza te hará eterno”